Educación superior: financiamiento estudiantil, equidad y la calidad

Ediciones Especiales de El Mercurio. Columna de Daniel Casanova.

Publicación original AQUÍ.

Daniel Casanova, doctor en Educación Superior de la Universidad Diego Portales y Universidad de Leiden.

“Lo que parece quedar claro a estas alturas es que cualquier sistema de financiamiento estudiantil requiere primero resolver la cuestión política -no técnica- de cuáles son los contornos de “lo público” adonde se deben dirigir esos recursos”.

Al comparar los salarios entre quienes terminan la educación secundaria y quienes no lo hacen, Chile exhibe las menores diferencias en el contexto de países de la OCDE. Al mismo tiempo, la diferencia salarial relativa entre quienes terminan la educación secundaria y quienes culminan estudios superiores de pregrado es la mayor en ese mismo conjunto de naciones. En números, si un egresado de enseñanza secundaria gana $100, otro que no terminó ese nivel de estudios gana $89; pero aquel que ha logrado un título universitario gana $316.

En un país en que la seguridad social es fundamentalmente contributiva y, por tanto, el destino de cada cual depende desmesuradamente de los ingresos individuales, se configura un cuadro de crecientes y agudas expectativas de las familias para lograr que sus hijos alcancen y culminen estudios superiores.

Lo anterior se combina, además, con otros factores: un sistema de educación superior en que predomina la matrícula en instituciones privadas, muchas de ellas con un ánimo de lucro apenas encubierto y al que suelen asistir los estudiantes más pobres; bajos aportes basales a las instituciones públicas, y aranceles que serían los más caros del mundo, de no ser por los de Corea del Sur.

Así, resulta difícil exagerar la importancia del sistema de financiamiento estudiantil de los estudios superiores para la equidad y calidad de ese nivel de estudios. Basta traer a colación el reciente caso de una política pública como el Crédito con Aval del Estado. Su diseño parecía razonable: atendía fundamentalmente a la necesidad del estudiante, con independencia del tipo de institución en que se matriculara. Como la condición de elegibilidad de las instituciones era que esta estuviera acreditada, habría una presión positiva por lograr ese estatus y se ampliaría la cobertura hacia los sectores hasta entonces excluidos, con una fuerte participación del sector privado, acicateado por un esquema apropiado de incentivos. En suma, se crearía un círculo virtuoso entre equidad y calidad.

¿Qué sucedió en la cruda realidad? La Comisión Nacional de Acreditación se degradó en un torbellino de escándalos de corrupción y tráfico de influencias. Miles de estudiantes de esperanzadas familias pobres fueron conducidos a instituciones de dudosa calidad y al endeudamiento. El fisco -y no la banca- financia cerca de la mitad del gasto del CAE, debido al mecanismo de recomprar los créditos más riesgosos que la banca se niega a asumir. El Estado ha debido costear el subsidio a la rebaja en la tasa de interés del 6% al 2% decidido por el gobierno de Piñera. En suma, el CAE terminó siendo, en los hechos, un negocio privado fuertemente subsidiado por el Estado, que no incrementó ni la calidad ni la equidad de la educación superior.

La situación de la gratuidad

Hoy en día asistimos a otro intento: la política de Gratuidad. Los estudiantes de cierta condición socioeconómica son liberados del pago de aranceles y las remesas llegan directamente a las instituciones elegibles. Es un avance. Pero la Gratuidad no cubre los aranceles reales, genera déficits en algunas instituciones de mayor desarrollo académico y mantiene intacta la primacía del subsidio a la demanda como mecanismo esencial de financiamiento estatal a la educación superior.

Lo que parece quedar claro a estas alturas es que cualquier sistema de financiamiento estudiantil requiere primero resolver la cuestión política -no técnica- de cuáles son los contornos de “lo público” adonde se deben dirigir esos recursos. Ya lo advirtió Rawls: La manera en que son las cosas no determina la manera en que deberían ser.

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